La pulsión de vida se sobrepone a las condiciones adversas de maneras que escapan a la lógica.
Esta capacidad milagrosa de adaptación, presente siempre en El Morro, se convierte en la respuesta de quienes son marginados por los planes oficiales y necesitan configurar su espacio existencial, para darle forma, uso y sentido.
En esta historia llena de voces y matices,
continuamos adentrándonos por los caminos de tiempo y tierra, para conocer qué representó trabajar y vivir en medio de esta montaña de basura que se debate entre la clandestinidad y la legítima conquista social de derechos; entre lo rural y lo urbano, con vidas, materiales y significados reciclados, en medio de la segunda ciudad más importante de Colombia.
“Los basuriegos” 

Honrar el trabajo en la basura
 
Francisco Javier Ramírez Herrera, más conocido como “Choco”, llegó a Moravia a los seis años con su mamá y sus seis hermanos. Cuando era apenas un adolescente, a finales de la década del 70, empezó a visitar con su hermana y su cuñado lo que se conocía en ese entonces como el botadero de basura. Allí aprendió el reciclaje como un oficio para la vida, convirtiéndose en protagonista y testigo de un morro que se configuraba como lugar de trabajo para centenares de personas que encontraron en la basura una oportunidad para subsistir.

En este particular entorno de trabajo, existía una jerarquía con una clara división del trabajo en la que participaban hombres, mujeres y niños, donde los niveles dependían del acceso a los materiales reciclados, las técnicas de recolección y el uso de ciertas herramientas. En el nivel más alto estaban  los «guerreros», quienes luchaban con azadones por recoger residuos directamente de los camiones o por obtener el material con mayor valor comercial, que era guardado en costales y canecas. Este era el oficio más peligroso porque eran frecuentes los accidentes ocasionados por los carros de basura y por las disputas que se daban entre los recicladores.
Otros trabajaban con el “chechereo” para privilegiar la recolección de frasco, aluminio, hueso, hierro y cobre; otros más, que tenían habilidad con las manos, se dedicaban al gallineo en el que no se usaba azadón, sino que se recogía lo que se iba cayendo del camión.
De acuerdo con algunos testimonios documentados en el libro La Memoria Cultural como dispositivo para la intervención social en Moravia, el oficio más frecuente realizado por las mujeres era el de “chutera”, relacionado con la recolección de alimentos. También se dedicaban a la recolección de leña y al lavado de plástico, aunque hubo algunas mujeres que lograron obtener un lugar en la jerarquía de los guerreros.
Como nos cuenta “Choco” en el audio que escucharemos a continuación, otra fuente importante de trabajo estuvo relacionada con la instalación de fogones improvisados para la venta de alimentos y bebidas a los “basuriegos”,quienes no tenían que salir de El Morro para suplir estas necesidades básicas.
Fotografía de Edgar Jiménez “El Chino” (1984), donada al archivo del Centro de Memoria Barrial del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia.
“Lo que se reciclaba se vendían en Carabobo donde este señor que murió hace poco, donde William, o sea, había muchas partes donde compraban reciclaje. Donde está ahora el Parque Explora había unas bodegas grandísimas de reciclaje. Entonces se hacían pacas de Kraf, de cartón de cartulina y el que podía llevar bastante, iba hasta allá. Don Octavio Cano el sí tenía una jaulita, él compraba en el basurero y ya de ahí mandaba el reciclaje para donde fuera”. 



Gladys Rojas, hija de Ana Tulia David una de las primeras recicladoras de El Morro.
Inventar nuevas formas de vida
El Morro: hogar y vivienda
Como comentamos en la primera entrega de este especial, El Morro no solo se consolidó como centro de trabajo. En principio, se empezaron a construir ranchos que funcionaban como bodegas para el material recuperado. Sin embargo, con el tiempo los recicladores se dieron cuenta que podían optimizar aún más sus esfuerzos  si vivían allí mismo porque podían acceder más fácil a su lugar de trabajo y estar más temprano para recibir a los camiones de basura. De este modo, los ranchos cambiaron su vocación de bodegaje para convertirse también en hogares.

Para 1983, El Morro era ya un sector de Moravia conformado por cuatro subsectores: La Divisa, Casco de Mula, Brisas de Oriente y La Paralela. Solo faltaba por ocupar la parte de la cima, que aún estaba reservada para el depósito de basura.

La montaña de basura se convirtió en el lugar de acogida para personas provenientes del oriente de Antioquia, del Bajo Cauca, del occidente, del Urabá antioqueño y de otros departamentos como el Chocó, Sucre, Bolívar y Atlántico. En medio de este proceso de ocupación, los pobladores de este sector de Moravia crearon un vecindario donde confluyeron culturas, estéticas y formas de vida diversas que se encontraron para lograr un objetivo común: sobrevivir con dignidad a las condiciones de un medio adverso. Así nos lo cuenta Estela Franco, lideresa de Moravia.
“El proceso de invasión masiva de los sectores se presentó de diversas formas y tiempos, de allí su variada configuración morfológica: en algunos sectores se permitió un reordenamiento básico en manzanas y lotes antes de la consolidación de las viviendas y vías, diferente a lo que ocurrió en el sector de la Montaña, donde el poblamiento fue rudimentario e intensivo, desordenado y laberíntico, habitado en su mayoría por personas que derivaron su sustento del reciclaje de basuras.
Este proceso de invasión marcó un hito en la historia de los pobladores: las arduas luchas por la defensa de la vivienda fortalecieron la capacidad organizativa de la comunidad; según pobladores del barrio, debían amanecer cuidando sus ranchos tanto de la policía como de los nuevos que llegaban a invadir”..[1]
[1] Natalia Echeverri Arango. Expresiones estéticas del hábitat dentro de una comunidad barrial en transformación: la piel de El Morro, Moravia. Maestría en Hábitat. Facultad de Arquitectura. Universidad Nacional de Colombia. Sede Medellín. 2007. PP57-60.
Trabajo, vivienda, comida, hermandad, lucha de poderes, vivienda; un ícono de la recursividad pero también de la injusticia socio-espacial, todo esto unido representaba este lugar de memoria que acumuló capas y capas de basura entre 1977 y 1984,  mientras transformaba la vida de un barrio que era visto por el resto de la ciudad con desconfianza al albergar lo que todos y todas desechaban.
Créditos: 


Contenidos: Un morro de memorias es un producto realizado por el área Fomento a la memoria barrial con base en los archivos documentales y audiovisuales del Centro de Memoria Barrial del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia.

Diseño multimedia: Lina María Pérez.  

Montaje: Julián Giraldo. 

Producción foto-relatos: Natalia Villa Díez.

Fotografías: Archivo del Centro de Memoria Barrial: Anne Fischel-Archivo Edgar Jiménez-Archivo Jorge Melguizo
La pulsión de vida se sobrepone a las condiciones adversas de maneras que escapan a la lógica.
Esta capacidad milagrosa de adaptación, presente siempre en El Morro, se convierte en la respuesta de quienes son marginados por los planes oficiales y necesitan configurar su espacio existencial, para darle forma, uso y sentido.
En esta historia llena de voces y matices,
continuamos adentrándonos por los caminos de tiempo y tierra, para conocer qué representó trabajar y vivir en medio de esta montaña de basura que se debate entre la clandestinidad y la legítima conquista social de derechos; entre lo rural y lo urbano, con vidas, materiales y significados reciclados, en medio de la segunda ciudad más importante de Colombia.
“Los basuriegos” 

Honrar el trabajo en la basura
 
Francisco Javier Ramírez Herrera, más conocido como “Choco”, llegó a Moravia a los seis años con su mamá y sus seis hermanos. Cuando era apenas un adolescente, a finales de la década del 70, empezó a visitar con su hermana y su cuñado lo que se conocía en ese entonces como el botadero de basura. Allí aprendió el reciclaje como un oficio para la vida, convirtiéndose en protagonista y testigo de un morro que se configuraba como lugar de trabajo para centenares de personas que encontraron en la basura una oportunidad para subsistir.

En este particular entorno de trabajo, existía una jerarquía con una clara división del trabajo en la que participaban hombres, mujeres y niños, donde los niveles dependían del acceso a los materiales reciclados, las técnicas de recolección y el uso de ciertas herramientas. En el nivel más alto estaban  los «guerreros», quienes luchaban con azadones por recoger residuos directamente de los camiones o por obtener el material con mayor valor comercial, que era guardado en costales y canecas. Este era el oficio más peligroso porque eran frecuentes los accidentes ocasionados por los carros de basura y por las disputas que se daban entre los recicladores.
Otros trabajaban con el “chechereo” para privilegiar la recolección de frasco, aluminio, hueso, hierro y cobre; otros más, que tenían habilidad con las manos, se dedicaban al gallineo en el que no se usaba azadón, sino que se recogía lo que se iba cayendo del camión.
De acuerdo con algunos testimonios documentados en el libro La Memoria Cultural como dispositivo para la intervención social en Moravia, el oficio más frecuente realizado por las mujeres era el de “chutera”, relacionado con la recolección de alimentos. También se dedicaban a la recolección de leña y al lavado de plástico, aunque hubo algunas mujeres que lograron obtener un lugar en la jerarquía de los guerreros.
Como nos cuenta “Choco” en el audio que escucharemos a continuación, otra fuente importante de trabajo estuvo relacionada con la instalación de fogones improvisados para la venta de alimentos y bebidas a los “basuriegos”,quienes no tenían que salir de El Morro para suplir estas necesidades básicas.
Fotografía de Edgar Jiménez “El Chino” (1984), donada al archivo del Centro de Memoria Barrial del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia.
“Lo que se reciclaba se vendían en Carabobo donde este señor que murió hace poco, donde William, o sea, había muchas partes donde compraban reciclaje. Donde está ahora el Parque Explora había unas bodegas grandísimas de reciclaje. Entonces se hacían pacas de Kraf, de cartón de cartulina y el que podía llevar bastante, iba hasta allá. Don Octavio Cano el sí tenía una jaulita, él compraba en el basurero y ya de ahí mandaba el reciclaje para donde fuera”. 



Gladys Rojas, hija de Ana Tulia David una de las primeras recicladoras de El Morro.
Inventar nuevas formas de vida
El Morro: hogar y vivienda
Como comentamos en la primera entrega de este especial, El Morro no solo se consolidó como centro de trabajo. En principio, se empezaron a construir ranchos que funcionaban como bodegas para el material recuperado. Sin embargo, con el tiempo los recicladores se dieron cuenta que podían optimizar aún más sus esfuerzos  si vivían allí mismo porque podían acceder más fácil a su lugar de trabajo y estar más temprano para recibir a los camiones de basura. De este modo, los ranchos cambiaron su vocación de bodegaje para convertirse también en hogares.

Para 1983, El Morro era ya un sector de Moravia conformado por cuatro subsectores: La Divisa, Casco de Mula, Brisas de Oriente y La Paralela. Solo faltaba por ocupar la parte de la cima, que aún estaba reservada para el depósito de basura.

La montaña de basura se convirtió en el lugar de acogida para personas provenientes del oriente de Antioquia, del Bajo Cauca, del occidente, del Urabá antioqueño y de otros departamentos como el Chocó, Sucre, Bolívar y Atlántico. En medio de este proceso de ocupación, los pobladores de este sector de Moravia crearon un vecindario donde confluyeron culturas, estéticas y formas de vida diversas que se encontraron para lograr un objetivo común: sobrevivir con dignidad a las condiciones de un medio adverso. Así nos lo cuenta Estela Franco, lideresa de Moravia.
“El proceso de invasión masiva de los sectores se presentó de diversas formas y tiempos, de allí su variada configuración morfológica: en algunos sectores se permitió un reordenamiento básico en manzanas y lotes antes de la consolidación de las viviendas y vías, diferente a lo que ocurrió en el sector de la Montaña, donde el poblamiento fue rudimentario e intensivo, desordenado y laberíntico, habitado en su mayoría por personas que derivaron su sustento del reciclaje de basuras.
Este proceso de invasión marcó un hito en la historia de los pobladores: las arduas luchas por la defensa de la vivienda fortalecieron la capacidad organizativa de la comunidad; según pobladores del barrio, debían amanecer cuidando sus ranchos tanto de la policía como de los nuevos que llegaban a invadir”..[1]
[1] Natalia Echeverri Arango. Expresiones estéticas del hábitat dentro de una comunidad barrial en transformación: la piel de El Morro, Moravia. Maestría en Hábitat. Facultad de Arquitectura. Universidad Nacional de Colombia. Sede Medellín. 2007. PP57-60.
Trabajo, vivienda, comida, hermandad, lucha de poderes, vivienda; un ícono de la recursividad pero también de la injusticia socio-espacial, todo esto unido representaba este lugar de memoria que acumuló capas y capas de basura entre 1977 y 1984,  mientras transformaba la vida de un barrio que era visto por el resto de la ciudad con desconfianza al albergar lo que todos y todas desechaban.